Mundial 2019: La anulación del try que nunca existió en la final

El mito del punto de inflexión arbitral
Hay una tendencia, casi un reflejo pavloviano en el análisis deportivo, a buscar el momento singular, la encrucijada donde el destino de un partido fue sellado por un silbato. Un error, una injusticia, un fotograma polémico que permita construir una narrativa alternativa más digerible que la simple y cruda superioridad del rival. La final del Mundial de Rugby de 2019 en Yokohama es un caso de estudio fascinante, no por la controversia que hubo, sino por la que algunos insisten en fabricar. La premisa de un “try decisivo anulado a Inglaterra” es, para decirlo con la delicadeza que la situación amerita, una obra de ficción. Un ejercicio de memoria creativa que ignora la contundente realidad de un 32-12 que no dejó margen para interpretaciones esotéricas.
El árbitro de aquella final, el francés Jérôme Garcès, se convirtió en el primer referí de su nacionalidad en dirigir el partido definitorio de un Mundial. Ciertamente, su actuación fue observada con una lupa de aumento industrial, como corresponde a la magnitud del evento. Se pueden discutir penales en el breakdown, algún offside marginal o la consistencia en el criterio de ciertas formaciones. Sin embargo, ninguna de estas micro-decisiones se acerca remotamente a la anulación de un try que pudiese haber alterado el curso del partido. De hecho, la principal intervención de Garcès, y la más consistente a lo largo de los 80 minutos, fue sancionar la sistemática e indiscutible implosión del scrum inglés. Un área donde no se necesitaba un ojo de halcón, sino un sismógrafo para registrar el temblor.
La historia del rugby está repleta de finales donde el arbitraje fue un protagonista central y genuinamente polémico. Basta recordar la final de 2007, donde el propio equipo inglés se sintió perjudicado por una decisión del TMO sobre un try de Mark Cueto que pudo cambiar la historia contra, curiosamente, los mismos Springboks. Pero 2019 no fue ese tipo de partido. La narrativa de aquella jornada no se escribió con el reglamento en la mano, sino con el lenguaje universal de la dominación física. Pretender encontrar en el silbato de Garcès la clave de la derrota inglesa es como culpar a la señalización de tránsito por el choque de un auto que se quedó sin frenos, sin motor y sin dirección. Es un desvío conveniente, pero fundamentalmente deshonesto con la cátedra de rugby que Sudáfrica impartió ese día.
La asfixia verde: Cátedra de demolición en el scrum
Si alguien busca el verdadero punto de inflexión, no necesita revisar las grabaciones del TMO, sino las imágenes de las formaciones fijas. El scrum fue el patíbulo donde Inglaterra fue ejecutada lentamente. Eddie Jones, el técnico inglés, había apostado por una primera línea con Mako Vunipola y Dan Cole para contener a los monumentales Tendai Mtawarira y Frans Malherbe. El plan no solo falló; se desintegró en el primer contacto. Desde el minuto uno, el pack sudafricano, con Bongi Mbonambi en el centro, empezó a avanzar, a torcer, a someter a su par inglés con una autoridad insultante. Los penales comenzaron a llover. Cada scrum era una invitación a que Handré Pollard sumara tres puntos más a su cuenta o a que Faf de Klerk pateara para arrinconar a Inglaterra en su propio campo.
La estrategia sudafricana, concebida por Rassie Erasmus, alcanzó su punto culminante con la entrada de la “Bomb Squad”. Steven Kitshoff y Vincent Koch, dos monstruos frescos, ingresaron para reemplazar a los titulares y encontraron a una primera línea inglesa exhausta y psicológicamente rota. Lejos de ofrecer un respiro, la presión se intensificó. Joe Marler, que había reemplazado a Vunipola, sufrió el mismo destino. El scrum inglés no solo concedía penales; era una fuente de desmoralización. Le quitaba a Inglaterra la plataforma para lanzar su juego dinámico, el mismo que había demolido a los All Blacks una semana antes. Sudáfrica no le permitió a Inglaterra jugar su partido. Le impuso el suyo: una pelea de bar en un callejón oscuro donde la fuerza bruta era la única ley. Cada scrum era un recordatorio de que, en la trinchera, la batalla ya estaba perdida. Era la anulación, no de un try, sino de un plan de juego entero.
El tablero de ajedrez aéreo
Paralelamente a la demolición en el scrum, Sudáfrica desplegó una guerra aérea que Inglaterra tampoco supo contrarrestar. El plan era simple en su concepción y brillante en su ejecución: patear. Faf de Klerk, el diminuto y omnipresente medio scrum, se erigió como el mariscal de campo de este bombardeo táctico. Protegido por una formación de “caterpillar” en los rucks que le daba todo el tiempo del mundo, De Klerk lanzaba box kicks una y otra vez. No eran patadas sin sentido para sacar la pelota de su campo; eran misiles teledirigidos a los espacios vulnerables de la defensa inglesa. El objetivo era crear caos, forzar el error bajo presión y disputar cada pelota en el aire.
La dupla de George Ford y Owen Farrell, el eje conductor de Inglaterra, se vio completamente superada. La velocidad de la defensa sudafricana, liderada por bestias como Pieter-Steph du Toit y Duane Vermeulen, no les daba ni un segundo para pensar. Sus patadas eran reactivas, apresuradas, producto de la asfixia. Mientras Sudáfrica pateaba en sus propios términos, Inglaterra lo hacía en los términos del rival. El resultado fue una sangría territorial. Los wings sudafricanos, Makazole Mapimpi y Cheslin Kolbe, junto al fullback Willie le Roux, demostraron una seguridad y una agresividad en el aire que sus contrapartes inglesas, Elliot Daly y Anthony Watson, simplemente no pudieron igualar. Inglaterra se pasó la mayor parte del partido intentando salir de su propio campo, quemando una pila de energía en una tarea infructuosa, mientras el reloj y el marcador jugaban inexorablemente en su contra.
Los golpes de gracia: Cuando la superioridad se hace try
Y entonces, cuando el partido ya estaba definido en el plano conceptual y anímico, llegaron los tries. Lejos de ser jugadas polémicas o puntos de inflexión, fueron la consecuencia lógica de más de una hora de castigo físico y táctico. Eran la rúbrica en un contrato de rendición que Inglaterra venía firmando a plazos con cada scrum perdido y cada pelota mal recepcionada. Con el marcador 18-12 a favor de los Boks y el tanque de nafta inglés en reserva, el muro defensivo finalmente cedió, no una, sino dos veces, para que no quedaran dudas.
El primer try, en el minuto 66, fue una obra de arte colectiva. Una ráfaga de pases rápidos encontró a Makazole Mapimpi por la punta izquierda. Enfrentado a la defensa, el wing ejecutó una patada por arriba que fue recogida magistralmente por el centro Lukhanyo Am, quien, en un acto de lucidez y generosidad, le devolvió la pelota a Mapimpi para que apoyara sin oposición. Fue el primer try de Sudáfrica en una final de Mundial. Una jugada limpia, precisa, espectacular. Ni la más mínima insinuación de una infracción, ni una duda para el TMO. Fue, simplemente, la superioridad hecha puntos.
Ocho minutos después, con Inglaterra lanzada a un ataque desesperado y ya sin ideas, llegó el golpe de gracia. La pelota se perdió en un contacto y fue recuperada por los sudafricanos. Pieter-Steph du Toit la movió hacia Cheslin Kolbe. El pequeño gigante recibió la pelota con espacio y, en una demostración de velocidad y agilidad sobrenaturales, dejó parado a Owen Farrell con un amague eléctrico para correr hacia la gloria. Otro try inobjetable. El 32-12 final. La confirmación de que no hubo un momento clave, sino un proceso de 80 minutos.
Al final, la búsqueda de un try fantasma anulado no es más que un consuelo para no enfrentar una verdad incómoda: la final de 2019 no fue un duelo parejo decidido por un detalle. Fue una demolición. Un plan maestro ejecutado a la perfección por un equipo que fue superior en cada faceta del juego que importaba. La historia real no necesita de polémicas inventadas. Es la crónica de una victoria total, construida sobre la base de una fuerza abrumadora y una inteligencia táctica implacable. Y eso, a veces, es más difícil de aceptar que cualquier error arbitral.












