Mediación en Salud: La PROMESA para Descongestionar Tribunales

Cuando la Justicia Descubre el Diálogo
Parece que ha ocurrido una epifanía en los pasillos ministeriales. Tras años de observar cómo los tribunales se convertían en un depósito de conflictos humanos, particularmente los vinculados a la salud, alguien ha conectado los puntos: el sistema judicial está colapsado. La cantidad de demandas por presunta mala praxis, errores de diagnóstico o falta de cobertura ha alcanzado un volumen que amenaza con paralizarlo todo. Los médicos, por su parte, practican una medicina cada vez más defensiva, pidiendo estudios innecesarios para blindarse legalmente, lo que encarece y entorpece el sistema. Y los pacientes, en el medio, navegan un laberinto de frustración y dolor.
En este escenario, surge el Procedimiento de Mediación en Salud (PROMESA). Una iniciativa que se presenta como la solución largamente esperada. Su premisa es tan simple que roza lo evidente: antes de que las partes se saquen los ojos en un juzgado, obliguémoslas a sentarse en una misma mesa a conversar. Se nos vende como un avance civilizatorio, un paso hacia una justicia más humana y cercana. La realidad, menos poética, es que se trata de una estrategia de gestión de crisis. Un intento desesperado por poner un torniquete en la hemorragia de litigios que desangra los recursos del Estado y de las aseguradoras.
El Arte de la Conversación Obligatoria
El núcleo de PROMESA reside en su carácter obligatorio y previo a cualquier acción judicial. Esto significa que ningún ciudadano podrá iniciar una demanda contra un profesional o una institución de salud sin haber agotado primero esta instancia de mediación. El proceso es, en teoría, sencillo. El reclamante presenta su caso, se designa un mediador de un registro oficial y se convoca a todas las partes a una o varias audiencias. El objetivo es que, con la ayuda de este tercero imparcial, se pueda llegar a un acuerdo que satisfaga a todos y ponga fin al conflicto. Suena bien, ¿verdad? Como una terapia de pareja forzosa para un matrimonio que ya decidió que quiere el divorcio.
La obligatoriedad es el punto clave y, a la vez, el más irónico. Se fuerza a las partes a un diálogo que, hasta ese momento, evidentemente no habían logrado por sí mismas. Se institucionaliza la charla. Se le pone fecha, hora y un acta oficial. Esta formalización de la conversación busca evitar que la instancia sea un mero trámite. Se espera que las instituciones sanitarias y sus aseguradoras envíen a las audiencias a representantes con poder de decisión, y no a meros emisarios cuya única función es decir «no» y dilatar el proceso. Porque todos sabemos cómo termina un auto en el taller cuando uno va solo a «pedir presupuesto».
El Mediador: Un Héroe sin Capa (ni Presupuesto)
En el centro de este nuevo universo se encuentra la figura del mediador. Un profesional, generalmente un abogado entrenado en técnicas de negociación, cuya tarea es titánica. Debe ser psicólogo, confesor, estratega y, sobre todo, un optimista a prueba de balas. Su rol no es juzgar ni decidir quién tiene razón, sino facilitar la comunicación. Debe crear un puente entre un paciente que ha sufrido un daño, a menudo irreparable, y un sistema de salud que piensa en términos de protocolos, estadísticas y gestión de riesgos.
Este mediador debe lograr que una familia que perdió a un ser querido escuche los argumentos técnicos de un hospital, y que un director de clínica entienda la dimensión humana del reclamo que tiene sobre su escritorio. Es un equilibrista caminando sobre una cuerda floja suspendida sobre un abismo de desconfianza mutua. Su éxito depende no solo de su habilidad, sino de la voluntad real de las partes para llegar a un acuerdo. Y seamos honestos, a menudo esa voluntad está condicionada por un cálculo frío de costos y beneficios: ¿qué es más barato, un acuerdo ahora o un juicio incierto a cinco años vista?
La Verdadera PROMESA: Eficiencia por sobre Todas las Cosas
Aquí llegamos al nudo de la cuestión, a la verdad incómoda que nadie dirá en una conferencia de prensa. El principal beneficiario de PROMESA no es necesariamente el ciudadano, sino el propio sistema. El objetivo fundamental no es tanto la búsqueda de justicia como la optimización de recursos y la reducción de la litigiosidad. Es una medida pragmática, casi contable. Cada caso que se cierra en mediación es un expediente menos en un juzgado, horas de trabajo que se ahorran, y una potencial condena millonaria que se evita o se mitiga.
Esto no es intrínsecamente malo. Un sistema eficiente, en teoría, podría beneficiar a todos. Sin embargo, el riesgo es evidente: que la mediación se convierta en una barrera de acceso a la justicia para los casos más complejos y graves. Para un reclamo menor, un acuerdo rápido puede ser una solución ideal. Pero en un caso de negligencia grave, ¿es justo presionar a una víctima para que acepte un acuerdo rápido y posiblemente insuficiente? La balanza entre la celeridad y el derecho a una reparación integral es delicada. PROMESA es, en esencia, una apuesta. Una apuesta a que los beneficios de filtrar miles de casos superarán los perjuicios de dificultar el camino a unos pocos. Se cambia un problema conocido, el de la justicia lenta, por uno nuevo y por descubrir: el de una justicia eficiente que, quizás, no siempre sea justa. El tiempo, como siempre, tendrá la última palabra.












