La 'no expulsión' de Ramos: El debut del VAR en el Mundial 2016

Crónica de una Tarjeta Anunciada (y Guardada)
Hay momentos en la historia del fútbol que quedan grabados no por su brillantez, sino por su desconcertante absurdo. La final del Mundial de Clubes de 2016 entre el Real Madrid y el Kashima Antlers nos regaló uno de esos instantes sublimes. El escenario era Yokohama, Japón. El gigante europeo, que esperaba un trámite cómodo hacia el trofeo, se encontró con una resistencia feroz por parte del campeón local. El partido, lejos de ser un paseo, fue una batalla campal que llegó al minuto 90 con un empate a dos en el marcador, un resultado que ya era una victoria moral para los japoneses y una humillación incipiente para los españoles.
En ese clima de máxima tensión, emergió la figura de Sergio Ramos, capitán y alma de la defensa madridista. Ramos, que ya cargaba con una tarjeta amarilla desde el minuto 55, se vio superado por la velocidad de un contraataque del Kashima. Fiel a su manual de estilo, cometió una falta táctica, un derribo cínico y necesario para cortar el avance. Una jugada de manual, una infracción que se enseña en las academias de defensores pragmáticos. La falta fue tan clara como la consecuencia que debía acarrear.
El árbitro zambiano, Janny Sikazwe, estaba perfectamente posicionado. Su reacción inicial fue la que dicta el reglamento y la costumbre: la mano se dirigió con decisión hacia el bolsillo superior de su camiseta, allí donde los árbitros guardan las tarjetas que imparten justicia. El mundo contuvo la respiración. Los jugadores del Kashima esperaban lo inevitable. El propio Ramos, probablemente, ya ensayaba su cara de sorpresa e inocencia. El gesto es un lenguaje universal en el fútbol, el preludio de una amonestación. Y con una amarilla ya en su cuenta, era el preludio de una expulsión. El Real Madrid, contra las cuerdas, se enfrentaría a la prórroga con un hombre menos.
Pero entonces, ocurrió lo inexplicable. La mano de Sikazwe se detuvo a mitad de camino. Hubo una pausa, un instante de deliberación cósmica que pareció durar una eternidad. El árbitro retiró la mano del bolsillo, vacía. Tuvo una epifanía, un momento de claridad o, quizás, una conversación con una entidad superior. En lugar de la tarjeta, ofreció un simple gesto de advertencia. El cartón, que segundos antes parecía una certeza matemática, se desvaneció en el aire. Los jugadores del Kashima, lógicamente, estallaron en un torbellino de protestas. Sus gritos y gestos señalaban lo obvio: ‘¡Ya tiene una!’. Rodearon al colegiado, con la incredulidad y la indignación pintadas en sus rostros. Pero Sikazwe, firme en su recién descubierta clemencia, no cambió de parecer. La decisión, o la ‘no decisión’, estaba tomada. El partido continuaría once contra once.
El Elefante Tecnológico en la Habitación
Para intentar descifrar este acto de prestidigitación arbitral, es fundamental entender el contexto que rodeaba aquel partido. El Mundial de Clubes de 2016 no fue un torneo más; fue el laboratorio global, el conejillo de indias para la introducción del Asistente de Vídeo para el Arbitraje, el famoso VAR. Esta supuesta panacea tecnológica llegaba con la promesa mesiánica de terminar con las injusticias, de imponer una verdad objetiva sobre la subjetividad del ojo humano. El discurso oficial vendía un futuro idílico, sin polémicas, donde cada decisión sería quirúrgicamente precisa gracias al ojo que todo lo ve de la repetición televisiva. Se nos prometió el fin de los debates de café y el inicio de una era de justicia deportiva impoluta.
En este ambiente de revolución tecnológica se encontraba Janny Sikazwe. Por eso, cuando su mano inició el viaje hacia el bolsillo y se congeló en un gesto de duda existencial, todas las miradas y sospechas apuntaron hacia el nuevo artefacto. ¿Estaba el VAR susurrándole al oído? ¿Había una revisión en curso para una jugada que, reglamentariamente, el VAR no puede revisar? La confusión en el campo era absoluta. Tiempo después, el propio Sikazwe ofreció una explicación que es una obra cumbre del arte de eludir responsabilidades. Atribuyó el episodio a una simple y llana ‘falta de comunicación’ con su árbitro asistente. Según su versión, recibió una indicación por el intercomunicador que fue confusa, que entendió ‘no card’ (sin tarjeta) donde en realidad se dijo ‘card’ (tarjeta). Una excusa tan conveniente como inverificable, que deposita la culpa en el éter de las ondas de radio en lugar de en una decisión consciente. La mera presencia del VAR, aun sin intervenir directamente, ya generaba un nuevo tipo de caos. Introdujo una capa de burocracia y duda en la mente del árbitro, que ya no era la autoridad máxima e instantánea, sino un gestor de información que podía llegar de forma defectuosa. La solución al error humano, en su primera gran prueba de fuego, había parido una nueva y sofisticada forma de error.
La Letra y el Espíritu (Selectivo) del Reglamento
Hablemos con la brutal honestidad que merece la situación. El reglamento del fútbol, ese documento que a menudo parece de consulta opcional, es inequívoco en este punto. Una falta como la cometida por Ramos, diseñada exclusivamente para detener un ataque prometedor, es una amonestación obligatoria. No está sujeta a la ‘interpretación’ ni al ‘criterio’ del árbitro. Es una causa y un efecto. Y cuando un jugador ya ha sido amonestado, la comisión de una segunda falta merecedora de amonestación resulta, por simple aritmética, en una segunda tarjeta amarilla y, consecuentemente, en la expulsión. No hay asteriscos ni cláusulas especiales que digan ‘esta regla no aplica si el infractor es un jugador de cierto peso en una final’.
Aquí es donde entra en juego el manido concepto de ‘gestionar el partido’, un eufemismo maravilloso que a menudo disfraza la aplicación selectiva de las normas en favor del espectáculo o, seamos suspicaces, del equipo más poderoso. ‘Gestionar el partido’, en este caso, pareció significar ‘evitemos complicarnos la vida expulsando a una figura y aseguremos que la prórroga se juegue en igualdad numérica’. Las consecuencias de esta ‘gestión’ fueron profundas. Un Real Madrid con diez hombres habría tenido que afrontar treinta minutos de tiempo extra en inferioridad contra un Kashima Antlers pletórico de moral y energía. El guion de la final habría cambiado radicalmente. La capacidad de resistencia de los japoneses, que ya habían llevado al límite a su rival, se habría visto potenciada. En cambio, Ramos permaneció en el campo, aportando su liderazgo y solidez defensiva, y el Real Madrid, con su dotación completa, acabó imponiendo su mayor pegada sobre un rival exhausto. El ‘qué hubiera pasado si’ es la pregunta que define la ilegitimidad de aquel resultado. No se puede afirmar que Kashima habría ganado, pero sí que las condiciones de la competencia fueron adulteradas de forma manifiesta.
El Legado de la Duda: Cuando la Solución es el Problema
Lo irónico de todo este episodio es que se convirtió en el bautismo perfecto, aunque por las razones equivocadas, de la era VAR. Encapsuló, desde su nacimiento, todas las paradojas y ansiedades que definirían a la tecnología en los años venideros. Se implementó un sistema para traer certeza y su estreno mundial estuvo marcado por un acto de suprema ambigüedad y confusión. No fue, en estricto rigor, un ‘error del VAR’, porque el VAR no intervino ni debía hacerlo. La máquina, ese auto nuevo y reluciente, funcionaba bien; el problema, como casi siempre, fue del conductor. El error fue 100% humano, pero fue un error magnificado, y quizás provocado, por la sombra de la tecnología que se cernía sobre el campo.
La vacilación de Sikazwe, ya sea producto de un fallo técnico real en la comunicación —una historia que exige una fe casi ciega para ser creída— o de un colapso bajo presión, expuso una verdad incómoda: la tecnología no erradica la política del fútbol, ni la presión mediática, ni la compleja psicología del arbitraje. Simplemente, le añade una nueva dimensión. Ofrece una coartada moderna, una nueva fuente de debate interminable. Este momento no es solo la anécdota de una tarjeta perdonada. Es el mito fundacional de la desconfianza del aficionado hacia el VAR. Fue la primera demostración de que la promesa de una justicia objetiva podía ser fácilmente corrompida, no por un fallo del sistema, sino por la falibilidad del humano que lo opera. Este asunto tuvo una pila de consecuencias a largo plazo, generando una cultura de la sospecha que persiste hasta hoy. El sistema que venía a terminar con las discusiones, en realidad, creó una estirpe de polémicas más sofisticadas y, a menudo, más exasperantes. Fue el recordatorio definitivo de que puedes instalar el sistema de seguridad más avanzado, pero de poco sirve si el que está en la puerta, por motivos que solo él conoce, decide mirar para otro lado en el momento clave.












