Final Champions 1975: Bayern, campeón entre polémicas y un arbitraje

El escenario de una obra predecible
Hay noches en las que el fútbol decide ser literatura. Y no siempre del género épico. A veces, prefiere el drama con un guion previsible, donde los protagonistas luchan valientemente contra un destino que ya fue sellado en alguna oficina o en la mente de un señor con un silbato. La final de la Copa de Europa de 1975 en el Parque de los Príncipes fue una de esas noches. De un lado, el Leeds United, una máquina de presionar y atacar, la culminación de una era dorada, un equipo con una pila de talento y una sed de gloria continental que se sentía en el aire. Eran, sin dudas, el mejor equipo en la cancha. Y ese, como bien sabemos, suele ser el primer paso hacia la tragedia.
Del otro lado, el Bayern Múnich. Un conjunto de nombres que resuenan como estatuas de bronce: Beckenbauer, Maier, Müller. Un equipo que ya era campeón defensor y que jugaba con la tranquilidad de quien se sabe respaldado no solo por su innegable calidad, sino por esa aura de inevitabilidad que rodea a los grandes poderes. El partido se desarrolló según lo esperado: el Leeds, dirigido por Jimmy Armfield, desbordó al Bayern. Lo acorraló, lo sometió a un asedio constante. Crearon chances, remataron al arco, jugaron con la furia de quien quiere llevarse el mundo por delante. El Bayern aguantaba, como un boxeador experimentado que se deja golpear sabiendo que el árbitro jamás permitirá que caiga a la lona.
Primer acto: La omisión como herramienta artística
El primer punto de inflexión, esa bisagra que tuerce el rumbo de la historia, llegó a los 23 minutos. Allan Clarke, el delantero del Leeds, se metió en el área con la pelota controlada. Franz Beckenbauer, el ‘Kaiser’, en un acto que demostraba más desesperación que elegancia, lo derribó desde atrás. Una jugada que hoy, con veinte cámaras y VAR, generaría un debate de treinta segundos antes de sancionar el penal. En 1975, sin embargo, el árbitro francés Michel Kitabdjian tuvo una revelación. Vio algo que nadie más pudo ver: una jugada limpia. O, más probablemente, decidió no ver lo que era evidente para todos los presentes y para cualquiera que haya visto la repetición en los últimos cincuenta años.
La protesta del Leeds fue inútil. El juego siguió, pero algo ya se había roto. La confianza en la imparcialidad del juez se evaporó. Años más tarde, el propio Beckenbauer admitiría con una sinceridad casi conmovedora que sí, claro que fue penal. Un detalle menor, una anécdota para agregar color a su leyenda. Para el Leeds, fue la primera señal de que no solo jugaban contra once alemanes, sino también contra las leyes de la física y la lógica que, esa noche, parecían haberse tomado vacaciones.
Segundo acto: La anulación como clímax dramático
Pero el espíritu de ese Leeds era indomable. Siguieron atacando. Y en el minuto 62, encontraron su recompensa. O eso creyeron. Un despeje corto cayó en los pies de Peter Lorimer, cuyo apodo, ‘Hotshot’, no era casualidad. Sacó un derechazo formidable que se clavó en la red de Sepp Maier. Golazo. El estadio explotó. El Leeds celebraba un gol que no solo era merecido, sino que parecía un acto de justicia poética.
Pero la poesía no vende trofeos. Beckenbauer, nuevamente en el centro de la escena, corrió hacia el árbitro. No para felicitarlo por su excelente visión en el área, sino para sugerirle amablemente que revisara la jugada. El argumento era que Billy Bremner estaba en posición adelantada. La discusión duró una eternidad. El árbitro consultó con su juez de línea, quien inicialmente no había levantado la bandera. Tras una deliberación que pareció un cónclave para elegir un nuevo Papa, Kitabdjian levantó el brazo y anuló el gol. ¿Bremner interfería en la jugada? Estaba en la línea de visión de Maier, sí, pero a una distancia considerable. Fue una de esas decisiones ‘de interpretación’. Y aquella noche, la única interpretación válida parecía ser la que favorecía al equipo que ya tenía una Copa en su vitrina.
El desenlace: Cuando la lógica se impone
Anímicamente destrozado, el Leeds sintió el golpe. Es agotador luchar contra un rival y, además, contra un fantasma. La energía que habían gastado en dominar el juego y en protestar injusticias les pasó factura. Y el Bayern, con la paciencia de un depredador que espera el momento exacto, aprovechó su oportunidad. En el minuto 71, con el Leeds todavía procesando el absurdo, Franz Roth marcó el 1-0. Un golpe letal. Diez minutos después, con el equipo inglés ya entregado, Gerd Müller, ‘Der Bomber’, hizo lo que siempre hacía: aparecer y marcar el 2-0 definitivo. Fin de la historia. O al menos, de la parte que se juega en el césped.
Lo que siguió fue un triste epílogo. Los hinchas del Leeds, sintiéndose estafados, protagonizaron incidentes en las tribunas. Su reacción, aunque indefendible en su violencia, fue la crónica de una frustración anunciada. La UEFA, en un alarde de ironía administrativa, sancionó al Leeds con una suspensión de las competiciones europeas. Castigar a la víctima: un clásico de la burocracia deportiva. El Bayern levantó su segunda Copa de Europa consecutiva. Una copa que brilla en su museo con la misma intensidad que las demás, sin ninguna placa que aclare los detalles de su obtención. La historia, esa dama pragmática, la escriben los campeones. Y en sus páginas, las injusticias son meras notas al pie, curiosidades para los nostálgicos que todavía creen, ingenuamente, que en el fútbol siempre debe ganar el mejor.












