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Facundo Quiroga: el prócer que murió por no usar GPS

Argentina, país generoso. Tierra de empanadas, caudillos con ínfulas, traiciones a la vuelta de cada mate, y asesinatos impunes. En 1835, cuando todavía no existía la democracia como excusa ni el “Poder Judicial independiente” como chiste, se cometió uno de los crímenes políticos más icónicos (e impunes) del siglo XIX: el asesinato de Facundo Quiroga, alias el Tigre de los Llanos, conocido por sus enemigos como “ese federal insoportable” y por sus amigos como “ese federal insoportable, pero de los nuestros”.

En 1835, cuando todavía no existía la democracia como excusa ni el “Poder Judicial independiente” como chiste, se cometió uno de los crímenes políticos más icónicos (e impunes) del siglo XIX: el asesinato de Facundo Quiroga, alias el Tigre de los Llanos, conocido por sus enemigos como “ese federal insoportable” y por sus amigos como “ese federal insoportable, pero de los nuestros”.

Facundo Quiroga era todo lo que uno esperaría de un personaje argentino de leyenda: carismático, bruto, testarudo, adicto a los ponchos, y con una visión de país que oscilaba entre “cada provincia es su propio mundo” y “todos obedecen a mí”. Venía de mediar en un conflicto entre provincias como una especie de mediador influencer del siglo XIX. Pero como toda figura que intenta calmar las aguas en Argentina, terminó tirado en una zanja con dos tiros y una puñalada, porque la paz nunca se negocia: se embosca.

La tragedia ocurrió en Barranca Yaco, una posta perdida entre Córdoba y Buenos Aires, donde los caminos eran de tierra, los caballos hacían de Uber, y las emboscadas políticas eran moneda corriente. Facundo, inocente o confiado como político en campaña, emprendió el regreso a la capital en una galera sin sospechar que era el último viaje de su vida. En esa posta lo esperaban un grupo de tipos armados que no venían a pedirle autógrafos. Le pegaron dos tiros en la cabeza y, por si quedaban dudas de que el mensaje era político, le dieron también un sablazo por la espalda. El estilo violencia con firma.

¿Quién lo mandó matar? Ah, la pregunta del millón de más de 200 años. En la teoría oficial, los autores materiales fueron unos simpáticos asesinos comandados por Santos Pérez, contratado por los hermanos Reynafé, gobernadores cordobeses de dudosa moral y peor ortografía. Estos muchachos fueron juzgados, condenados y ejecutados. Fin de la historia, ¿no? Error. En Argentina, la justicia es para condenar, no para encontrar la verdad.

Porque claro, el rumor que nunca murió es que detrás de todo estuvo Juan Manuel de Rosas, amo y señor de la Provincia de Buenos Aires, restaurador de las leyes, y multitasking: estanciero, represor y estratega. Aunque nunca se lo pudo probar, no movió un dedo para esclarecer el crimen de su otrora aliado, convertido en incómodo opositor.

Facundo Quiroga murió como vivió: rodeado de enemigos, haciendo ruido, y dejando más preguntas que respuestas. Su asesinato no fue solo el final de un caudillo: fue un tutorial anticipado sobre cómo se hace política en estas pampas. Se disimula un poco, se manda al frente a un par de perejiles, se prende fuego algún archivo, y se da por cerrado el caso mientras todos miran para otro lado.