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Errores Arbitrales Final Libertadores 2018: El VAR en el banquillo

El arbitraje en la final de la Copa Libertadores 2018 y el rol del VAR son un estudio sobre la subjetividad humana amplificada por la tecnología.
Un gran queso suizo con agujeros desproporcionadamente grandes, uno de los cuales tiene la forma de una pelota de fútbol. Representa: Errores arbitrales en la final Copa Libertadores 2018 (River vs Boca

La tecnología al servicio de la duda

Hay algo profundamente poético, casi una broma cósmica, en el hecho de que la llamada “Final del Siglo” se definiera, en gran parte, por las mismas polémicas de siempre. Se nos vendió la idea de una nueva era. Se nos prometió justicia. Se invirtió una pila de dinero en cámaras, monitores y un equipo de señores con auriculares que, supuestamente, iban a erradicar el error humano del fútbol. El Video Assistant Referee, el famoso VAR, llegaba como un mesías tecnológico para traer luz donde había oscuridad, para impartir una verdad objetiva e irrefutable. El resultado, como cualquier observador con un mínimo de escepticismo podría haber anticipado, fue un espectáculo de confusión glorificada. Lejos de eliminar el debate, el VAR simplemente le dio nuevas herramientas, más sofisticadas, para prosperar. La final de la Copa Libertadores 2018 no fue la excepción; fue la confirmación. Se convirtió en el caso de estudio perfecto sobre cómo la tecnología, en lugar de resolver la subjetividad, simplemente la pone bajo un microscopio, magnificando cada duda y convirtiendo cada jugada gris en un referéndum sobre la naturaleza misma del juego. No se trató de un robo, ni de un complot. Fue algo mucho más simple y, a la vez, más desconcertante: fue el fútbol de siempre, con sus pasiones y sus errores, pero con la pretensión de una asepsia científica que nunca tuvo ni tendrá. El árbitro, antes un solitario Sísifo empujando la roca de la imparcialidad, ahora tenía un coro griego en una cabina susurrándole al oído, generando una parálisis por análisis que solo sirvió para hacer más evidentes las grietas del sistema.

La promesa era clara: corregir errores “claros, obvios y manifiestos”. Una frase que suena contundente, casi legalista, pero que en la práctica se desmorona. ¿Qué es “claro” y “obvio” en un deporte que se juega a doscientos por hora, donde el contacto es la norma y la intención es casi imposible de juzgar? La final nos enseñó que la claridad es, en sí misma, una cuestión de perspectiva. Para un hincha, una jugada es un penal clarísimo; para otro, una simulación descarada. El VAR, en su inocencia programada, no podía resolver esa dicotomía fundamental. Lo que hizo fue validar la interpretación de un ser humano (el árbitro principal) con la opinión de otros seres humanos (los del VAR), creando la ilusión de un consenso técnico cuando, en realidad, seguía siendo un juicio de valor. Un juicio ahora más lento, más ceremonioso y, por ende, mucho más frustrante para todos los involucrados. El fútbol se detuvo para contemplar su propio ombligo en una pantalla, y lo único que encontró fue la misma incertidumbre de siempre, pero en alta definición.

Acto I: Las quejas de azul y oro

En el terreno de las polémicas concretas, el club de la ribera tuvo su propio catálogo de agravios, momentos que quedaron congelados en la retina de sus hinchas como pruebas de una injusticia. La primera de ellas, quizás la más discutida por su naturaleza insólita, fue el choque entre el arquero Esteban Andrada y el delantero Lucas Pratto. Boca reclamó una supuesta plancha del atacante de River en el área propia. Visto a velocidad normal, parecía un choque de trenes, una disputa de pelota donde ambos jugadores van con todo, como se espera en una final. Sin embargo, la cámara lenta, esa máquina de crear fantasmas, transformó un encontronazo en un posible acto de agresión. La pierna de Pratto se extendía, sí, pero la pregunta del millón, la que el VAR debía responder, era si existía una imprudencia temeraria. El árbitro Andrés Cunha, en una decisión que hoy sigue generando debate, ni siquiera se acercó al monitor. Confió en el criterio de su equipo en la cabina, quienes le informaron que no había mérito para una revisión. Aquí yace la primera gran ironía del sistema: una herramienta diseñada para la revisión exhaustiva se utilizó para justificar la ausencia de revisión. Para los hinchas de Boca, fue la primera señal de que la prometida justicia tecnológica tenía sus propios y misteriosos criterios. Fue una omisión que alimentó la narrativa de un arbitraje parcial, aunque también podría interpretarse como la decisión de no sobreanalizar una jugada propia del fragor de la lucha.

La segunda gran controversia llegó con un posible penal de Javier Pinola sobre Ramón “Wanchope” Ábila. Aquí, el protocolo se cumplió a rajatabla, lo que no hizo más que añadirle combustible al incendio. Hubo un contacto en el área, Ábila cayó y el estadio contuvo la respiración. Cunha detuvo el juego, se llevó la mano al oído y corrió hacia la pantalla a un costado del campo. El mundo observó en vilo cómo el juez uruguayo veía la jugada una y otra vez, desde todos los ángulos posibles. La imagen mostraba el pie de Pinola impactando el de Ábila. ¿Suficiente para pitar penal? Depende. ¿Fue un simple toque de juego o una zancadilla que impidió una ocasión manifiesta? Tras una deliberación que pareció eterna, Cunha regresó al campo y, con un gesto enfático, indicó que no había nada. La decisión, esta vez, no fue por omisión, sino por interpretación. El árbitro vio el contacto y juzgó que no tenía la entidad suficiente para sancionar la pena máxima. Para el mundo Boca, fue la confirmación de sus peores temores: ni siquiera la evidencia visual era suficiente. Para un observador neutral, fue la demostración palmaria de que el VAR no elimina la subjetividad. El árbitro sigue siendo el soberano, y la tecnología es solo su consejera. Una consejera muy cara, por cierto, para terminar diciéndole: “jefe, decida usted”.

Acto II: El reclamo de la banda cruzada

Aunque el foco principal de las quejas se centró en un lado, sería un error de análisis ignorar que el partido tuvo una tensión y una fricción que afectó a ambos por igual. Si bien River Plate no tuvo jugadas tan categóricas para reclamar un penal no sancionado, sí hubo una sensación general de que el listón del arbitraje fue, por momentos, errático. La jugada más determinante que involucró una decisión arbitral clave fue, sin duda, la expulsión de Wilmar Barrios. El colombiano, que ya estaba amonestado, fue a disputar una pelota con Exequiel Palacios y dejó la pierna, impactando al jugador de River con los tapones. La falta fue clara y la segunda amarilla, casi de manual. Cunha no dudó. Aquí no hubo VAR que valiera, fue una decisión de campo, pura y dura. Sin embargo, desde la perspectiva de Boca, la jugada se enmarca en un contexto de un partido que, según ellos, se le permitió pegar más a un equipo que a otro. Es la clásica queja del que se siente perjudicado: no es la jugada en sí, sino la suma de pequeñas decisiones previas lo que configura el sentimiento de injusticia. Desde el punto de vista de River, la expulsión fue tan justa como tardía, argumentando que Barrios había jugado al límite durante todo el encuentro. Al final, fue una de las pocas decisiones cruciales que no pasó por el filtro de la tecnología, un recordatorio de que el auto del árbitro, a veces, todavía funciona sin GPS.

El Veredicto: El Fútbol como siempre, pero más caro

Después de todo el análisis, de rebobinar las jugadas hasta el hartazgo y de escuchar a expertos y aficionados, la conclusión es tan simple como incómoda: la final de la Libertadores 2018 fue un monumento al fútbol en su estado más puro. Un deporte hermoso, pasional e imperfecto, jugado y dirigido por seres humanos. El VAR, ese invento marketineado como la panacea, demostró ser poco más que un placebo caro. No cambió la esencia del juego; simplemente la televisó con más ángulos. No eliminó el error; lo certificó o lo ignoró con la misma arbitrariedad de siempre. Las polémicas no desaparecieron, solo se volvieron más sofisticadas. Ahora, en lugar de discutir sobre lo que el árbitro vio o no vio, discutimos sobre por qué decidió mirar una pantalla en una jugada y no en otra. Pasamos de la especulación a la meta-especulación. El resultado final no fue alterado por una conspiración, sino por los eternos componentes del fútbol: el talento, el azar, el coraje y, por supuesto, el error. El error de un jugador al dar un mal pase, el de un técnico al hacer un cambio y el de un árbitro al interpretar una regla en una fracción de segundo. La gran revelación de esa final no es que hubo fallos arbitrales. Eso sería como descubrir que el agua moja. La verdadera revelación es la soberbia de creer que un par de cámaras y un intercomunicador podían domesticar la naturaleza caótica de un juego que se nutre, precisamente, de esa imperfección. Al final, se gastó un fangote de guita para llegar a la misma conclusión a la que llegaba mi abuelo en el sillón de su casa: el árbitro es humano y, a veces, se equivoca. Y el fútbol, por suerte o por desgracia, sigue siendo fútbol.