El Juicio de Tomás Moro: Lealtad y Principios en Venta

Un divorcio, una iglesia nueva y un amigo incómodo
Uno podría pensar que los grandes giros de la historia responden a causas complejas, a movimientos tectónicos de la sociedad. A veces sí. Otras, simplemente, a un rey con un problema conyugal. Enrique VIII, rey de Inglaterra, tenía un pequeño quilombo: estaba casado con Catalina de Aragón, quien no le daba un heredero varón, y él ya le había echado el ojo a Ana Bolena. La solución era simple: anular el matrimonio. El Papa, por presiones políticas y dogmáticas, le dijo que ni en sueños. Ante semejante obstáculo burocrático, Enrique hizo lo que cualquier persona con poder absoluto y poca paciencia haría: se fabricó su propia iglesia, la Iglesia de Inglaterra, y se nombró a sí mismo cabeza suprema. Un auto-nombramiento de gerente general espiritual.
El plan era brillante en su simplicidad y casi todos se subieron al nuevo auto. Nobles, clérigos y el pueblo llano entendieron que era más sano cambiar de fe que discutirle al rey. Pero siempre hay alguien que arruina la fiesta. En este caso, fue nada menos que su Lord Canciller, su amigo y uno de los intelectuales más respetados de Europa: Sir Tomás Moro. Un tipo con una pila de principios que, para desgracia suya, no eran negociables. Moro, viendo el panorama, decidió que lo más prudente era renunciar a su cargo y retirarse a la vida privada. Un intento elegante de no participar en algo que su conciencia rechazaba de plano. El problema, claro, es que para un monarca como Enrique, la neutralidad es solo una forma solapada de la deslealtad.
El elocuente silencio de un abogado
Con Moro convertido en un símbolo silencioso de la resistencia, el Estado puso en marcha su maquinaria. El Parlamento, siempre tan servicial, aprobó el Acta de Sucesión de 1534. Esta ley no solo legitimaba a los hijos de Enrique y Ana Bolena, sino que obligaba a todos los súbditos a prestar un juramento reconociéndola. Rechazarlo era traición. Poco después, el Acta de Supremacía declaraba oficialmente al rey como única cabeza suprema en la Tierra de la Iglesia de Inglaterra. El paquete completo. La trampa estaba perfectamente diseñada.
Moro, que era un abogado brillante y no un improvisado, entendió el juego. Sabía que cualquier palabra en falso sería su fin. Así que adoptó la estrategia más exasperante posible para sus acusadores: el silencio. Cuando le exigieron prestar el juramento, se negó a hacerlo, pero también se negó a explicar por qué. No reconocía el acta, pero tampoco la negaba explícitamente. Se amparaba en el principio legal de que el silencio no otorga consentimiento y, por lo tanto, no podía ser considerado traición. Fue un desafío intelectual magnífico. Lástima que sus oponentes no estaban interesados en un debate, sino en una cabeza. Para el régimen, ese silencio era más ruidoso y peligroso que cualquier discurso de condena.
Un guion judicial escrito de antemano
Tras más de un año encerrado en la Torre de Londres, finalmente fue llevado a juicio el 1 de julio de 1535. El espectáculo fue una clase magistral de cómo la justicia puede convertirse en un trámite administrativo para ejecutar una voluntad política. El jurado estaba compuesto por figuras que le debían todo al rey y los jueces eran parte del nuevo establishment. No había mucha intriga sobre el resultado.
La fiscalía, encabezada por el nuevo Lord Canciller, Thomas Audley, se topó con un muro: el silencio de Moro. No tenían pruebas de que hubiera hablado contra el rey. Entonces, como en las mejores ficciones, apareció un testigo sorpresa: Sir Richard Rich, el Procurador General. Un personaje con una ambición tan grande como su falta de escrúpulos. Rich testificó bajo juramento que, durante una visita a la celda de Moro para retirar sus libros, este le había confesado en privado que el Parlamento no tenía la autoridad para hacer del rey la cabeza de la Iglesia. Era la palabra de Rich contra la de Moro. Moro, indignado, desenmascaró a Rich en pleno tribunal, recordándole a todos su fama de mentiroso y arribista. Pero la verdad es un detalle menor cuando el veredicto ya está firmado. El jurado, con una velocidad que denotaba una gran convicción (o un gran apuro), tardó apenas quince minutos en declararlo culpable de alta traición.
La última palabra: cuando ya no importa nada
Con la sentencia de muerte ya dictada, a Tomás Moro finalmente se le concedió el derecho a hablar libremente. Una cortesía del sistema, ya que sus palabras no podían cambiar nada. Y fue entonces, solo entonces, cuando rompió su largo silencio. Con una calma asombrosa, explicó por qué consideraba que el Acta de Supremacía era contraria a las leyes de Dios y a la unidad de la cristiandad. Desplegó un argumento teológico y legal impecable, citando la Carta Magna y los concilios de la Iglesia. Fue un discurso para la historia, no para los jueces que acababan de condenarlo. Era el acto final de un hombre que había decidido vivir y, ahora, morir según su conciencia.
El 6 de julio de 1535, fue llevado al patíbulo en Tower Hill. Su famoso buen humor no lo abandonó ni en ese momento. Se dice que le pidió al verdugo que tuviera cuidado de no cortarle la barba, ya que esta, al menos, no había cometido traición alguna. Su muerte no fue el fin de un problema para Enrique, sino el nacimiento de un mártir para sus oponentes. La Iglesia Católica lo canonizaría 400 años después. Más allá de la santidad, la historia de Moro es la crónica de un choque frontal entre el poder absoluto y la integridad personal. Un recordatorio, quizás un poco cínico, de que los principios son una posesión admirable, siempre y cuando no te obliguen a perder la cabeza por ellos. La posteridad, al parecer, tiene un cariño especial por los héroes que confirman que la coherencia extrema suele ser fatal.











