El Juicio de John Brown: La Justicia como Trámite

Crónica de un Final Anunciado
Hay hombres que tienen ideas y otros que tienen convicciones. John Brown tenía una pila de ambas, mezcladas con un fervor religioso que convertía cualquier plan, por más insensato que fuera, en un mandato divino. Su gran idea fue que la larga y tediosa conversación sobre la abolición de la esclavitud necesitaba un empujón más bien físico. El plan consistía en tomar el arsenal federal en Harpers Ferry y, básicamente, esperar que los esclavos de la región se enteraran por arte de magia, abandonaran sus puestos y se unieran a su ejército libertador. Un esquema con algunas fisuras logísticas, para ser generosos.
La gran insurrección, como era de esperar para cualquiera que no fuera el propio Brown y su reducido círculo de fieles, nunca se materializó. En su lugar, el viejo guerrero se encontró rodeado por la milicia local y las fuerzas federales, con sus hijos muertos o moribundos a su lado, y él mismo seriamente herido. El fin de la aventura militar de John Brown fue, de manera predecible, el inicio de su mucho más exitosa carrera como mártir. Una vez capturado, el Estado de Virginia, sintiéndose particularmente ofendido por el disturbio, se apresuró a demostrar la formidable eficiencia de su sistema judicial.
Un Escenario Impecablemente Legal
El juicio comenzó con una celeridad que hoy sería la envidia de cualquier sistema legal colapsado. Apenas un mes después de la incursión, John Brown ya estaba frente al tribunal. No en su mejor forma, claro está. Yacía en un catre improvisado, incapaz de mantenerse en pie debido a las heridas de sable recibidas durante su captura. El escenario elegido fue Charlestown, un pueblo que acababa de ser el objetivo de su ataque, lo cual garantizaba, por supuesto, un jurado de una objetividad intachable y una serenidad a toda prueba.
Los cargos eran tan graves como creativos: traición contra la Commonwealth de Virginia, conspiración con esclavos para rebelarse y asesinato. La acusación de traición era una verdadera joya del pensamiento jurídico de la época. Brown no era ciudadano de Virginia, con lo cual la idea de que pudiera traicionar a un estado al que no le debía ninguna lealtad parecía, como mínimo, una acrobacia legal audaz. Pero cuando la conclusión del juicio está escrita antes que la primera página del expediente, los detalles técnicos son meros adornos para mantener las apariencias. El proceso debía ser rápido, ejemplar y, sobre todo, conclusivo.
La Defensa: Un Ejercicio de Futilidad
Los abogados de Brown, inicialmente asignados por el tribunal, intentaron la única vía que parecía tener un mínimo de sentido común: la demencia. Un hombre que cree seriamente que puede desmantelar la institución de la esclavitud con menos de veinte tipos y un par de rifles robados tiene que tener, forzosamente, algún fusible saltado. Sin embargo, Brown, con una lucidez fastidiosa para sus defensores y para el tribunal, rechazó de plano esa estrategia. Él estaba perfectamente cuerdo y quería que el mundo supiera que sus acciones eran el producto de una mente clara y una convicción moral, no de un cerebro enfermo. Quería ser un profeta, no un paciente.
Sus nuevos abogados, llegados del norte, intentaron un enfoque más apegado a la letra de la ley. Argumentaron sobre la falta de jurisdicción en el cargo de traición y sobre la verdadera intención de sus actos, que no era el asesinato per se, sino la liberación de cautivos. Argumentos sólidos, racionales y completamente inútiles. Era el equivalente a intentar explicarle las reglas sutiles del ajedrez a un oponente que ya te ha tirado el tablero por la cabeza. El veredicto no era una de las posibles resoluciones del caso; era, simplemente, el siguiente punto en el orden del día.
La Sentencia: Cómo Fabricar un Símbolo
Culpable. Por supuesto que era culpable. Culpable de todos los cargos. La sorpresa hubiese sido cualquier otra cosa. El jurado deliberó durante unos 45 minutos, probablemente el tiempo justo para tomar un café, estirar las piernas y firmar el papel que ya estaba sobre la mesa. Antes de que el juez le dictara la previsible sentencia de muerte, a Brown se le permitió hablar. Y ahí, el viejo luchador, herido, derrotado y abandonado, desplegó su arma más potente. No la espada, sino la palabra. Su discurso final ante el tribunal es una pieza maestra de la oratoria.
Sin pedir piedad ni disculparse, reafirmó su convicción de que había actuado bajo el mandato de Dios para liberar a los oprimidos. Con una calma escalofriante, señaló la profunda hipocresía de una nación que se proclamaba cristiana mientras permitía el comercio de seres humanos como si fueran un auto usado o una cabeza de ganado. Sabía que iba a morir, y decidió usar ese momento para hablarle no al juez, sino a la posteridad.
El 2 de diciembre de 1859, John Brown fue ahorcado. El estado de Virginia creyó haber eliminado a un fanático peligroso, a un terrorista. Qué formidable error de cálculo. Al ejecutarlo, lo transformaron. Dejaron de lado al líder de una incursión fallida y, en su lugar, le regalaron a la causa abolicionista un mártir de manual, un santo laico cuya alma, como diría la famosa canción, seguiría marchando. Su juicio y su muerte no fueron el fin de nada, sino el fósforo que terminó de encender una pradera que ya estaba seca y lista para arder. La justicia, en su apuro por castigar, a veces consigue el resultado exactamente opuesto. Una verdad incómoda, pero de una ironía exquisita.












