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El Juicio de Jan Hus: Coherencia y Hoguera

El proceso contra el teólogo Jan Hus demostró los límites de la autoridad eclesiástica frente a la convicción personal y la coherencia intelectual.
Un enorme y apetitoso pastel de cumpleaños, con una vela encendida en el centro, siendo empujado lentamente hacia un horno. Representa: Juicio de Jan Hus

Un teólogo con demasiadas preguntas

En la historia de las grandes ideas, a veces el personaje más peligroso no es el que inventa algo nuevo, sino el que se toma demasiado en serio las viejas ideas. Este fue el caso de Jan Hus. No era un revolucionario con un plan maestro para cambiar el mundo; era, en esencia, un académico, un tipo riguroso de un importante reino en el corazón de Europa. Su problema principal fue que leyó la Biblia y, a diferencia de muchos de sus contemporáneos con cargos importantes, creyó que lo que decía iba en serio.

Empezó a notar ciertas… inconsistencias. Pequeños detalles, como que la vida de opulencia, poder terrenal y tejes y manejes políticos de la cúpula de la Iglesia no encajaba del todo con la humildad y pobreza de Cristo y los apóstoles. Una observación de una obviedad casi insultante. Y tuvo la ocurrencia de mencionarlo en sus sermones, que para colmo daba en la lengua de la gente común. Esto de saltearse al intermediario y hablarle directo al pueblo era visto con pésimos ojos. Permitir que el rebaño piense por sí mismo siempre ha sido un riesgo laboral para los pastores.

Cuestionó prácticas como la venta de indulgencias, ese mecanismo ingenioso por el cual uno podía comprar un ticket para reducir su estadía en el purgatorio. Un modelo de negocio fantástico, sin duda, pero a Hus le parecía que no figuraba en el manual del fabricante. Sus críticas no eran un ataque frontal, sino una pila de preguntas incómodas basadas en los propios textos fundacionales de la fe. Y no hay nada que irrite más al poder que alguien que usa sus propias reglas en su contra.

El salvoconducto: un papel con valor relativo

Mientras Hus acumulaba popularidad y enemigos, la Iglesia tenía problemas más grandes. O, mejor dicho, múltiples. Tantos que había tres Papas distintos reclamando ser el único y verdadero. Un verdadero caos administrativo y de imagen. Para resolverlo, se convocó a un magno Concilio en una pintoresca ciudad junto a un lago, una especie de G20 de la cristiandad del siglo XV. Era la oportunidad perfecta para, de paso, resolver el ‘asunto Hus’.

Así que lo invitaron. Formalmente, claro. Para que fuera a exponer sus ideas. Hus, que no era ningún ingenuo, dudó. Viajar al epicentro del poder que lo criticaba sonaba a una pésima idea. Pero entonces apareció la carta ganadora: un salvoconducto emitido por el hombre más poderoso del momento, el futuro Sacro Emperador. Un documento con sello real que garantizaba su seguridad para ir, debatir y volver a su casa sano y salvo, sin importar el resultado de la charla. Era una garantía absoluta. O casi.

El juicio: un diálogo de sordos con antorchas

Al llegar a la ciudad del Concilio, Hus descubrió una fascinante pieza de jurisprudencia medieval: las promesas hechas a un hereje, o sospechoso de serlo, no obligan a nada. Su salvoconducto se convirtió en un bonito recuerdo de viaje. Fue arrestado casi de inmediato y encerrado en una torre húmeda junto a una letrina, condiciones que no suelen fomentar el diálogo constructivo.

El juicio fue una obra de teatro del absurdo. No se buscaba entender su teología, sino confirmar que era un hereje. Le presentaron una lista de ‘artículos erróneos’ extraídos de sus obras, muchos de ellos sacados de contexto o directamente tergiversados. La mecánica era simple: debía abjurar de todos ellos, en bloque. Hus intentó defenderse con un método exasperantemente lógico: ‘Estoy dispuesto a retractarme de cualquier idea si me demuestran, con la Biblia en la mano, que estoy equivocado’. Esta actitud de pedir evidencia, tan propia de un académico, fue recibida como un acto de desafío intolerable. El tribunal no estaba ahí para debatir, estaba para recibir una disculpa. La negativa de Hus a mentir y a condenar ideas que él no profesaba fue su perdición.

La coherencia como pecado capital

El nudo del conflicto no fue tanto teológico como ético. Se le exigía a Hus retractarse de herejías que, según él, nunca había predicado. Abjurar de ellas habría sido admitir que las había sostenido. Era una trampa lógica perfecta. Para salvar el pellejo, tenía que declararse culpable de crímenes de pensamiento que no había cometido. Su negativa no fue por soberbia, sino por una coherencia casi patológica. No podía, en conciencia, condenar algo que no formaba parte de su doctrina.

Para el Concilio, la situación era delicada. Necesitaban restaurar el orden y la autoridad, y la imagen de un teólogo solitario desafiando a toda la estructura era inaceptable. El auto de la Iglesia se había desviado y Hus era el molesto inspector que señalaba la infracción con el reglamento en la mano. Había que sacarlo del medio. La votación fue unánime. Lo declararon hereje contumaz, le quitaron sus vestiduras sacerdotales en una ceremonia humillante y, acto seguido, la Iglesia, con las manos impecablemente limpias, declaró que no podía ejecutar a nadie. Lavarse las manos es una tradición con historia.

Lo entregaron al poder secular, que casualmente tenía una pira de leña ya preparada. La solución final fue el fuego. Un espectáculo público diseñado para aterrorizar a cualquier otro que tuviera ideas propias. Pero, en una de las ironías más deliciosas de la historia, la ejecución de Hus no zanjó nada. Al contrario, lo convirtió en un mártir y en un héroe nacional para su pueblo. Su muerte fue la chispa que encendió las Guerras Husitas, dos décadas de un conflicto brutal que dejó al reino patas para arriba y le dio al Emperador y al Papado un dolor de cabeza monumental. Querían apagar un fósforo y terminaron incendiando la casa.