Deprecated: ¡La función WP_Dependencies->add_data() ha sido llamada con un argumento que está obsoleto desde la versión 6.9.0! Los comentarios condicionales de IE los ignoran todos los navegadores compatibles. in /home/l0071076/public_html/wp-includes/functions.php on line 6131El Juicio de Galileo Galilei: Cuando la Tierra se movió de lugar - Se busca justicia a diario

El Juicio de Galileo Galilei: Cuando la Tierra se movió de lugar

El proceso inquisitorial contra Galileo Galilei expuso el conflicto entre la evidencia astronómica del heliocentrismo y la autoridad dogmática establecida.
Un gran sol amarillo, representado con círculos concéntricos, en el centro de una mesa de billar. Sobre la mesa, una bola blanca (la Tierra) a punto de ser embocada en una tronera, con un taco de billar (la Iglesia) apuntando. Representa: Juicio de Galileo Galilei

Un telescopio y una pila de problemas

Durante siglos, el universo fue un lugar ordenado y predecible. La Tierra, quieta en el centro, era la protagonista indiscutida, y los cielos giraban a su alrededor en una danza perfecta dictada desde lo alto. Era un modelo que funcionaba, no tanto en lo matemático —requería una cantidad de parches y ajustes bastante creativos—, sino en lo filosófico. Daba tranquilidad. Todo estaba en su sitio. Y entonces, a un señor se le ocurrió mejorar un catalejo y apuntarlo hacia arriba.

Galileo Galilei no inventó el telescopio, pero tuvo la brillante idea de fabricar uno con una pila de aumentos más y, en lugar de usarlo para espiar barcos enemigos, lo enfocó en las estrellas. Lo que encontró fue una serie de hechos profundamente molestos para el statu quo. Vio que la Luna no era una esfera etérea y perfecta, sino que tenía montañas y valles, como la vulgar Tierra. Descubrió que Júpiter tenía sus propias lunas, cuatro de ellas, que giraban a su alrededor sin prestarle la más mínima atención a nuestro planeta. Esto rompía la primera regla del club: todo debe girar en torno a la Tierra.

La estocada final fueron las fases de Venus, que se comportaban exactamente como lo harían si Venus girara alrededor del Sol, y no de la Tierra. De repente, el viejo modelo geocéntrico no era solo impreciso; era demostrablemente incorrecto. Presentar estas observaciones no fue recibido con el aplauso de la comunidad intelectual, sino con el ceño fruncido de una burocracia que veía cómo uno de sus pilares conceptuales se tambaleaba. Galileo no estaba descubriendo el cosmos; estaba auditando la realidad oficial, y los resultados no eran favorables.

Diálogo sobre cómo crearse enemigos

Para entender el desastre de 1633, hay que rebobinar hasta 1616. En aquel año, la Iglesia, a través del Cardenal Belarmino, le dio a Galileo un tirón de orejas preventivo. Le comunicaron que la idea de que el Sol estaba quieto y la Tierra se movía era ‘formalmente herética’. La recomendación, casi una orden, fue que podía tratar el heliocentrismo como una hipótesis matemática, una herramienta de cálculo, pero de ninguna manera como una descripción física de la realidad. Galileo, aparentemente, asintió y se fue a su casa. El asunto parecía zanjado.

Pero Galileo tenía la paciencia de un niño y el ego de un titán. Cuando su amigo, el Cardenal Maffeo Barberini, fue elegido Papa como Urbano VIII, creyó que tenía luz verde. Se sintió con la confianza para escribir su gran obra, el ‘Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolemaico y copernicano’. Su error fatal no fue el ‘qué’, sino el ‘cómo’. Para evitar la censura, lo escribió como un debate neutral entre tres personajes.

Uno, Salviati, defendía con brillantez el sistema copernicano (la voz de Galileo). Otro, Sagredo, era un lego inteligente que se dejaba convencer. Y el tercero, llamado Simplicio —un nombre que ya destilaba simpatía—, defendía el modelo geocéntrico con argumentos torpes, a menudo citando textualmente las propias ideas que el Papa Urbano VIII le había expuesto a Galileo en conversaciones privadas. En resumen, Galileo puso a su protector como un idiota en un best-seller. Hay formas más sutiles de pegarse un tiro en el pie.

El juicio: un trámite burocrático

La reacción del Papa no se hizo esperar. Se sintió traicionado y, lo que es peor, ridiculizado. El libro fue prohibido inmediatamente y Galileo, con casi 70 años y una salud precaria, fue convocado a presentarse ante el Santo Oficio. El juicio de 1633 no fue el gran debate intelectual que la posteridad imaginó. Fue un procedimiento legal, frío y administrativo. La fiscalía desempolvó un documento —cuya autenticidad es todavía materia de debate entre historiadores— que supuestamente probaba que en 1616 no se le había hecho una ‘sugerencia’, sino que se le había prohibido tajantemente, bajo cualquier concepto, enseñar o defender la teoría copernicana.

Frente a la disyuntiva de defender su postura y arriesgarse a ser declarado hereje contumaz, con todo lo que eso implicaba (incluida la amenaza velada pero protocolaria de la tortura), Galileo hizo lo más racional: se rindió. Pronunció la abjuración que le pusieron por delante, negó que la Tierra se moviera y se declaró un buen católico arrepentido. No hubo un acto de desafío heroico. Fue un hombre mayor y enfermo enfrentado a una maquinaria institucional implacable. El sistema no necesitaba que Galileo cambiara de opinión, solo necesitaba que lo dijera en voz alta y firmara el papel correspondiente. Era un auto de fe, pero en el sentido más burocrático del término.

‘Eppur si muove’: La frase para la tribuna

La famosa frase, ‘Y sin embargo, se mueve’ (‘Eppur si muove’), que Galileo habría susurrado por lo bajo tras su retractación, es casi con total seguridad una invención posterior. Un agregado legendario para darle a la historia un final más digno de una película. La realidad fue mucho más gris. La sentencia fue la conmutación de la prisión por un arresto domiciliario perpetuo en su villa en las afueras de Florencia. Allí pasó sus últimos años, trabajando en otras áreas de la física que no ofendieran a nadie.

La ironía final es que, desde un punto de vista estrictamente científico, Galileo no tenía todas las pruebas. Su modelo tenía errores y la prueba definitiva del movimiento terrestre —la paralaje estelar— tardaría más de un siglo en ser medida. Pero la disputa nunca fue sobre la calidad de la evidencia. Fue una cruda lucha por el monopolio de la verdad. Galileo, con su telescopio, reclamó para la observación empírica la autoridad de describir el mundo. La Inquisición, por su parte, defendió su derecho milenario a ser la única intérprete autorizada de la Creación. Al final, la Tierra siguió girando, completamente ajena al papelón.