El Error en la Tasación de Daños: Una Ficción Conveniente

El Mito del Valor Exacto
Hay una creencia, casi tierna en su ingenuidad, de que las cosas tienen un valor fijo, tallado en piedra. Que el paragolpes de un auto o una pared agrietada tienen un costo de reparación único e indiscutible. La realidad, por supuesto, es mucho menos ordenada. El valor de un daño es una construcción, un relato que se arma con presupuestos, fotos y, sobre todo, con la voluntad de las partes. Pensar que el primer número que una compañía de seguros pone sobre la mesa es el resultado de un cálculo matemático puro es como creer que el precio de lista de un auto usado es el que finalmente se paga. Es el comienzo de una conversación, una que suele ser larga y tediosa.
En esta escena tenemos a dos actores principales. Por un lado, el damnificado, que ve su propiedad, antes perfecta a sus ojos, ahora arruinada. Para él, la reparación debe ser total, absoluta, devolviendo el bien a un estado mítico de pre-siniestro. Por otro lado, la aseguradora, una entidad cuyo modelo de negocio se basa en una gestión precisa del riesgo y el costo. Para ella, el bien dañado no era nuevo; tenía un uso, una depreciación, un ‘valor venal’ que es, convenientemente, inferior al costo de una reparación con piezas nuevas. En el medio, el perito, un técnico cuya supuesta objetividad es la piedra angular del sistema, pero cuya lealtad, seamos honestos, suele inclinarse hacia quien paga sus honorarios.
La Danza de los Peritos: El Lado del Reclamante
Para quien reclama, la primera oferta de la aseguradora debe ser recibida con educado escepticismo. No es una ofensa; es una estrategia de negocios. Su objetivo es cerrar el caso con la menor fricción y el menor costo posible. Su perito ha hecho una evaluación que, casualmente, se alinea con ese objetivo. El primer consejo, una verdad incómoda pero esencial, es que usted debe construir su propia verdad. La pasividad es una invitación a la pérdida.
¿Cómo se construye? Con evidencia. No una foto, sino veinte. No desde un solo ángulo, sino desde todos. Documentar el antes, si es posible, y el después con un nivel de detalle obsesivo. Segundo, los presupuestos. No uno, sino tres. De talleres de confianza, detallados, con membrete, CUIT y todo el papeleo que demuestre seriedad. Estos papeles no son burocracia inútil; son las armas para la batalla que se viene. Un presupuesto de un taller de alta gama, uno de gama media y quizás uno más modesto. Esto no muestra indecisión, muestra diligencia.
Finalmente, considere seriamente contratar un ‘perito de parte’. Sí, es un costo adicional. Pero es el costo de tener un experto que hable el mismo idioma técnico que la aseguradora y que defienda su postura. Su perito no buscará el error en la tasación contraria; buscará presentar una tasación alternativa, sólida y fundamentada, anclada en el principio legal de la reparación integral. El objetivo es simple: dejarlo a usted en la misma situación patrimonial que tenía un segundo antes del siniestro. Ni mejor, ni peor. Una meta noble y, con la estrategia correcta, alcanzable.
El Arte de la Paciencia: El Lado de la Aseguradora
Ahora, pongámonos del otro lado del mostrador. La perspectiva de la aseguradora, o de quien debe pagar, es radicalmente distinta. Su universo no se rige por la emoción de la pérdida, sino por las frías tablas de la estadística y la letra chica de un contrato. La primera tasación, esa que el reclamante ve como una ofensa, es un filtro. Separa a los reclamantes decididos de los que se conforman con poco por evitarse problemas. Es eficiencia pura.
La estrategia es metodológica. Se invoca el desgaste y la depreciación. Ese auto no tenía cero kilómetros; sus piezas ya tenían una vida útil consumida. ¿Por qué pagar por un repuesto nuevo que, de hecho, mejora el estado general del vehículo? Este argumento, conocido como ‘reemplazo de viejo por nuevo’, es jurídicamente complejo pero potentísimo en la negociación. Se pide al reclamante una pila de documentación no por capricho, sino para encontrar inconsistencias. Un presupuesto sin fecha, una foto que no coincide con la descripción del daño… cualquier fisura en el relato del reclamante será explotada para justificar una oferta menor.
La paciencia es su mayor aliada. El tiempo corre a su favor. Un proceso judicial es largo y costoso. Muchos reclamantes, enfrentados a la perspectiva de años de litigio, prefieren aceptar un acuerdo rápido aunque sea por un monto menor al que consideran justo. No es malicia, es simplemente la aplicación de una lógica empresarial implacable: minimizar la pérdida y gestionar el flujo de caja.
La Verdad Judicial: Una Construcción Negociada
Cuando la negociación fracasa y el caso llega a un tribunal, uno podría pensar que finalmente se revelará la ‘verdad’. Nada más lejos de la realidad. Un juez no es un mecánico. Su decisión se basará en lo que los expertos le digan. Se designará un ‘perito judicial’, un tercero supuestamente imparcial, que realizará su propio informe. Sin embargo, este perito también es humano. Su dictamen se basará en las pruebas que ambas partes le presenten. La pila de papeles mejor organizada, los argumentos técnicos más sólidos y el relato más coherente tienen más chances de influir en su conclusión.
Al final del día, la sentencia del juez a menudo promedia las posturas, buscando una solución que se perciba como equitativa, aunque no satisfaga plenamente a nadie. La ‘verdad’ judicial es, en esencia, una cifra que permite cerrar el conflicto. Por eso, el ‘error’ en la tasación inicial nunca fue un error. Fue el movimiento de apertura en una partida de ajedrez. Entender esto no garantiza la victoria, pero al menos asegura que uno no se siente en la mesa pensando que está jugando a las damas.












