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El Combate del Long Count: Jack Dempsey vs. Gene Tunney (1927)

La revancha entre Jack Dempsey y Gene Tunney en 1927 es definida por una controvertida cuenta de protección que alteró la historia del boxeo profesional.
Un reloj de arena gigante con la arena casi agotada, pero inclinado para que la arena siga fluyendo lentamente hacia abajo. Representa: Combate de boxeo entre Jack Dempsey y Gene Tunney con "long count" (1927)

El escenario de una tormenta anunciada

Resulta casi conmovedor, en retrospectiva, observar la cantidad de tinta y saliva que se ha gastado en analizar el combate del 22 de septiembre de 1927. Como si se tratara de un misterio insondable y no de la crónica de una confusión anunciada. El contexto era simple: un año antes, en 1926, Gene Tunney, un ex-marine culto, metódico y con una técnica defensiva que exasperaba a los puristas, le había arrebatado el título mundial de los pesos pesados a Jack Dempsey. Dempsey no era un boxeador, era una fuerza de la naturaleza. El ‘Manassa Mauler’, un tipo que salía a demoler rivales con una ferocidad casi animal, un ícono de los salvajes años 20. La derrota fue un golpe no solo a su ego, sino a la mitología popular. Por eso, la revancha en el Soldier Field de Chicago congregó a más de 100.000 almas y generó una recaudación récord. Todos esperaban la redención del ídolo caído.

El pequeño, pero crucial, detalle en este melodrama deportivo fue la implementación de una nueva regla por parte de la Comisión Atlética del Estado de Illinois. La regla, que ya existía en otras jurisdicciones pero no era universal, estipulaba que tras una caída, el boxeador que la provocaba debía dirigirse inmediatamente a una esquina neutral antes de que el árbitro pudiera iniciar la cuenta de protección. Una medida que, en teoría, buscaba dar una oportunidad justa al caído y evitar que el rival se abalanzara sobre él apenas se reincorporaba. Una idea lógica, civilizada y, en el fondo, completamente ajena al instinto primario de un depredador como Jack Dempsey. Era como pedirle a un tiburón que pida permiso antes de morder. La mesa estaba servida no para un combate, sino para una obra teatral cuyo clímax ya estaba escrito en el reglamento.

Dempsey, que venía de un año de inactividad y ya pasaba los treinta, se preparó con la furia de siempre, mientras que Tunney, el campeón, lo hizo con la disciplina de un monje guerrero. La narrativa era perfecta: la fuerza bruta contra la inteligencia táctica; el pasado rugiente contra el presente calculado. Nadie, sin embargo, parecía prestarle demasiada atención a esa pequeña cláusula sobre la esquina neutral. Se daba por sentada, como tantas otras reglas que los boxeadores y los árbitros interpretan con una flexibilidad, digamos, artística. Un descuido colectivo que costaría un título mundial y alimentaría un debate por casi un siglo. Un debate que, en esencia, se reduce a la incapacidad de un hombre programado para destruir de recordar un simple trámite administrativo en el momento de mayor adrenalina de su vida profesional.

Séptimo round: la eternidad en diez segundos

Los primeros seis asaltos fueron una clase magistral de Tunney. Fiel a su estilo, se movía, entraba, salía, puntuaba con su jab y frustraba cada intento de Dempsey de acorralarlo para desatar su vendaval de golpes. El ‘Mauler’ se veía lento, predecible. El público, que había pagado una fortuna para ver sangre, empezaba a impacientarse. Pero en el séptimo round, la bestia despertó. En un intercambio furioso, Dempsey conectó una combinación devastadora: un gancho de izquierda seguido por una derecha corta que envió a Tunney a la lona por primera vez en su carrera. El campeón cayó pesadamente cerca de las cuerdas. El Soldier Field estalló. Era el momento que todos esperaban, la resurrección del héroe. Dempsey, con la mirada inyectada en sangre, se paró sobre su presa, como siempre lo había hecho, esperando que se levantara para rematar la faena. Un instinto grabado a fuego tras cientos de peleas.

Pero entonces, la burocracia entró al ring. El árbitro, Dave Barry, en lugar de iniciar la cuenta, le ordenó a Dempsey que fuera a la esquina neutral. Una, dos, tres veces. Dempsey, probablemente sordo por el estruendo y ciego por la adrenalina, tardó una eternidad en procesar la orden. Hay filmaciones que muestran su confusión, su vacilación. Para él, la regla no existía en ese universo de violencia pura. Finalmente, tras unos valiosísimos 4 o 5 segundos, obedeció y se dirigió a la esquina más lejana. Solo entonces, con Tunney ya llevando varios segundos en el suelo, el árbitro Barry comenzó la cuenta. Uno… dos… tres… Tunney, mientras tanto, no estaba noqueado. Estaba aturdido, pero consciente. Usó esos segundos extra para recuperarse, apoyándose en la cuerda con una mano, observando al árbitro con la lucidez del que sabe que el tiempo corre a su favor. Cuando la cuenta de Barry llegó a nueve, Tunney se puso de pie, asombrosamente recuperado.

Una regla nueva para un instinto viejo

Aquí es donde la discusión se vuelve un ejercicio de futilidad gloriosa. Los partidarios de Dempsey argumentan que la cuenta real fue de entre 14 y 17 segundos. Que si el árbitro hubiera comenzado a contar de inmediato, como se hacía ‘a la antigua’, Tunney no se habría levantado. Es posible. También es posible que Tunney, un tipo con una pila y una preparación física fuera de serie, se hubiera levantado de todos modos. Lo que es innegable es que el retraso fue culpa de Dempsey. La regla, por más nueva o tonta que pareciera, era la regla. Y su esquina se la había repetido hasta el cansancio. Ignorarla no fue una viveza, fue un error amateur en el escenario más grande del mundo.

La ironía es sublime. Una regla diseñada para proteger al boxeador caído terminó salvando a Tunney no por su aplicación, sino por el caos que generó su incumplimiento inicial. Dempsey, el ícono de la agresividad, fue víctima de su propia naturaleza. Su instinto, el mismo que lo había convertido en una leyenda, le impidió adaptarse a una simple modificación reglamentaria. Por su parte, Tunney, el cerebral, el estratega, utilizó cada microsegundo de ese caos para su beneficio. No se levantó a los tumbos; esperó hasta el último instante posible, maximizando su recuperación. Demostró que no solo era un gran atleta, sino también un tipo increíblemente ‘vivo’. Mientras uno era esclavo de su furia, el otro era el dueño absoluto de la situación, incluso desde la lona. El combate no lo ganó el más fuerte ni el que pegó el mejor golpe, sino el que entendió el juego en su totalidad, incluyendo su letra chica.

El legado de una cuenta que nunca se saldó

Después de la ‘larga cuenta’, el combate continuó por tres asaltos más. Tunney, ya recuperado, retomó el control. Incluso derribó a Dempsey brevemente en el octavo asalto, más por un resbalón que por un golpe, pero fue simbólico. El ‘Mauler’ había gastado su última bala. Al final de los diez rounds, los jueces le dieron la victoria a Tunney por decisión unánime, una decisión correcta e inobjetable. Pero nadie hablaba del resultado. Todos hablaban del séptimo round. La pregunta del ‘qué hubiera pasado si…’ se instaló para siempre, convirtiendo una derrota clara en una especie de victoria moral para el perdedor y manchando el triunfo legítimo del campeón con un asterisco eterno.

Dempsey jamás volvió a pelear por el título. Se retiró como una leyenda agridulce. Tunney, tras defender su cinturón una vez más, se retiró invicto como campeón, pero nunca obtuvo el reconocimiento popular que su enorme talento merecía. Siempre fue el ‘aburrido’ que le ganó al ‘gran’ Dempsey, ayudado por un tecnicismo. El ‘Long Count’ se convirtió en una pieza central de la mitología del boxeo, un recordatorio de que en el deporte, como en la vida, las reglas importan, y no saberlas, o ignorarlas, tiene consecuencias. Es una verdad tan incómoda como obvia. No hubo conspiración ni robo. Hubo un boxeador que siguió su instinto y otro que siguió el reglamento. Ganó el segundo. Fin de la historia. Pero claro, esa versión es mucho menos entretenida que fantasear con cuentas fantasma y justicias poéticas que nunca llegan.

La fascinación por este evento revela una verdad incómoda sobre cómo vemos el deporte. Preferimos la narrativa del héroe perjudicado a la realidad del profesional que comete un error. Nos aferramos a la controversia porque nos permite debatir, especular y mantener viva la llama de nuestros ídolos. El ‘Long Count’ no es un misterio; es un espejo. Refleja cómo un instante de confusión, magnificado por la pasión y el mito, puede definir carreras y crear leyendas a partir de una simple, y hasta predecible, falibilidad humana. Es la prueba de que, a veces, la historia del deporte la escriben más los que se equivocan que los que aciertan.