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Demoras en la inspección del seguro: el tiempo no es neutral

La demora en el peritaje de un siniestro no es un simple retraso administrativo, sino un factor estratégico que altera las obligaciones y derechos del contrato.
Un caracol, con una lupa, examinando minuciosamente una lechuga marchita. Representa: Demoras en la inspección o peritaje

La Danza Inmóvil: Cuando el Perito No Aparece

Existe una creencia, casi tierna en su ingenuidad, de que una compañía de seguros es una especie de socio solidario que aguarda ansioso para solucionar nuestros problemas. La realidad, por supuesto, es bastante menos poética. Cuando uno se encuentra esperando la llamada de un perito que nunca llega, mientras el auto acumula óxido o el recuerdo del testigo se desvanece, no está presenciando un descuido. Está asistiendo a la ejecución de una estrategia tan antigua como el propio seguro: el uso del tiempo como herramienta de desgaste.

Lo que pocos saben, o prefieren ignorar, es que esta espera tiene un marco legal muy claro. La Ley de Seguros N° 17.418, en su artículo 56, es bastante explícita. La aseguradora tiene un plazo de treinta días para pronunciarse sobre el derecho del asegurado, un período que comienza a correr desde que recibe toda la información y evidencia complementaria del siniestro. La inspección del vehículo o del bien dañado es, evidentemente, una pieza clave de esa información. Si la compañía no la realiza, no es que el plazo no empiece a correr; es que la aseguradora está, por voluntad propia, renunciando a una herramienta para tomar su decisión.

Esta inacción, lejos de ser una muestra de poder, es una vulnerabilidad. La jurisprudencia ha interpretado consistentemente que una demora injustificada en la inspección y, por ende, en la aceptación o rechazo del siniestro, puede constituir una aceptación tácita. Dicho en criollo: si no vienen a ver el auto chocado para decirte que no te pagan, la ley puede asumir que, en su silencio, han aceptado pagarte. Una revelación que suele cambiar la perspectiva del que espera.

El Reloj Corre a Favor de Alguien (y no sos vos)

Si usted es el reclamante —ya sea el asegurado directo o un tercero damnificado— cada día que pasa es una pequeña victoria para la compañía. El daño en su auto se agrava, el presupuesto del taller se desactualiza, su capacidad de negociar se debilita. La paciencia se agota y, con ella, las ganas de pelear por lo que es justo. El objetivo es que usted, harto de todo, acepte la primera oferta miserable que le pongan sobre la mesa, o directamente desista.

El consejo aquí no es tener una paciencia infinita, sino una impaciencia documentada. El primer paso es dejar de lado el teléfono. Las llamadas no dejan rastro. La herramienta fundamental es la carta documento. Es un acto formal que interrumpe la cordialidad ficticia e inaugura el terreno legal. En ella, usted debe intimar a la aseguradora a que en un plazo perentorio y razonable (unas 48 o 72 horas hábiles suele ser suficiente) fije fecha y hora para la inspección del vehículo. Debe aclarar que, vencido ese plazo sin respuesta, procederá a obtener presupuestos por su cuenta, reparar el vehículo y reclamar el costo judicialmente, responsabilizándolos por su propia mora.

Este simple acto invierte la carga. Ya no es usted el que espera pasivamente; es la compañía la que debe actuar o atenerse a las consecuencias de su inacción. Usted ha creado una prueba irrefutable de su diligencia y de la negligencia de ellos. El tiempo, de repente, empieza a correr en su contra.

La Virtud de la Paciencia Estratégica

Ahora, pongámonos en los zapatos del asegurado contra quien un tercero reclama. El tercero lo llama a usted, furioso, porque su aseguradora no manda al perito. Aquí, la tentación de presionar a su propia compañía es grande, pero la estrategia es diferente. Su principal y casi única obligación era realizar la denuncia del siniestro en tiempo y forma, proveyendo todos los datos que le solicitaron. Una vez hecho eso, usted ha cumplido. La obligación de gestionar el reclamo del tercero, incluyendo la inspección y la eventual oferta, es exclusiva de su aseguradora.

Su rol es el de un espectador interesado pero legalmente protegido. Cada llamado del tercero debe ser redirigido, con una calma exasperante, hacia la compañía. Su defensa no es activa, sino pasiva: se fundamenta en haber cumplido su parte del contrato a la perfección. La ineficiencia de su seguro en tratar con el tercero es, en última instancia, un problema de la aseguradora. Si esa demora deriva en un juicio del tercero contra usted, su compañía deberá responder no solo por el siniestro, sino también por los costos de un litigio que su propia desidia provocó. Su mejor jugada es la paciencia, mientras se asegura de tener una copia sellada de su denuncia de siniestro guardada en un lugar seguro.

Revelaciones Incómodas: El Contrato de Seguro

Llegamos al punto medular. El contrato de seguro no es un acuerdo entre amigos. Es una transacción financiera de intereses contrapuestos. Usted paga una prima con la esperanza de no necesitarla nunca, y la compañía la cobra con la esperanza de no tener que pagarle nunca una indemnización. Es un negocio basado en la transferencia de riesgo, y cuando el riesgo se materializa, la tensión es inevitable.

La demora en la inspección es la manifestación más pura de este conflicto. Es una táctica de bajo costo y alta efectividad para filtrar reclamantes, minimizar pagos y gestionar el flujo de caja. No es personal, es simplemente negocios. La única forma de navegar este sistema es comprender sus reglas y usarlas a su favor. La solución no reside en la indignación moral, sino en la acción metódica y formal. Se combate la burocracia con más burocracia, pero la suya, la que usted inicia y controla.

La fina ironía de todo esto es que para obtener la supuesta «tranquilidad» que le vendieron en la publicidad, debe convertirse en un sujeto proactivo, informado y, si es necesario, litigioso. Debe abandonar la idea de ser un cliente para asumirse como lo que realmente es: una de las partes de un contrato, con una pila de derechos que solo se ejercen si uno se toma el trabajo de conocerlos y, sobre todo, de exigirlos por escrito.