Demora en la verificación de documentos para siniestros

El Tiempo Como Activo Estratégico
Resulta fascinante, desde una perspectiva puramente profesional, observar la coreografía del reclamo de un siniestro. El damnificado, con la urgencia que le dicta su patrimonio herido —su auto chocado, su casa inundada—, anhela una resolución inmediata. La compañía de seguros, por otro lado, invoca un ritual sagrado: la verificación de documentos. Y en este punto, el tiempo deja de ser una medida y se transforma en un recurso. Una verdad incómoda, pero elemental: la demora rara vez es un accidente. Es, en muchos casos, una consecuencia deliberada de un sistema diseñado para la cautela.
Creer que una pila de papeles se analiza con la misma velocidad con la que se apila es de una inocencia admirable. Cada formulario, cada foto, cada presupuesto, es una pieza en un rompecabezas que la aseguradora debe armar con esmero. No por un amor al arte burocrático, sino por una cuestión de supervivencia económica. Un pago indebido es una pérdida; un rechazo infundado es un futuro juicio. En este equilibrio precario, la dilación es el espacio donde la compañía respira, evalúa y, fundamentalmente, se protege. El tiempo es, para ellos, un activo tan valioso como el capital que custodian.
La Danza de la Documentación: Perspectiva del Asegurado
Para quien reclama, el primer mandamiento es simple: la prolijidad es su única arma. La aseguradora ha diseñado un laberinto de formularios y requisitos. Suponer que se puede atravesar a las apuradas y con información a medias es el primer paso hacia una frustración garantizada. Cada campo vacío, cada dato inconsistente, cada foto borrosa no es un detalle menor; es una invitación formal a que su carpeta pase al fondo del pilón. Es un regalo que usted le hace al sistema que, por definición, no tiene apuro.
El consejo, entonces, es contraintuitivo. Para acelerar, hay que tomarse todo el tiempo del mundo en la etapa inicial. Armar la carpeta de manera metódica, casi obsesiva. Presentar la denuncia administrativa con una narrativa clara y consistente. Adjuntar presupuestos detallados, fotografías nítidas desde todos los ángulos posibles, y cualquier otro documento que, aunque parezca redundante, apoye su versión de los hechos. Una vez presentada esta ofrenda de pulcritud, la ley establece plazos que la aseguradora debe respetar para pronunciarse. El plazo de treinta días para expedirse no comienza a correr por arte de magia, sino desde que la compañía tiene en su poder toda la información solicitada. Su trabajo es asegurarse de que ese día llegue lo antes posible, cerrando todas las puertas a pedidos de información adicional que solo sirven para poner el contador en cero.
El Bastión de la Burocracia: Perspectiva de la Aseguradora
Ahora, pongámonos por un instante en los zapatos, siempre lustrados, del liquidador de siniestros. Su misión no es la caridad, sino la administración del riesgo. Cada reclamo es, en potencia, un intento de fraude. Una exageración en los daños, una puesta en escena, una mentira piadosa sobre las circunstancias del hecho. Su herramienta de trabajo no es la confianza, sino el escepticismo metodológico. La demora en la verificación es su bisturí.
Este proceso no es un capricho. La Ley de Seguros (mencionemos el espíritu, no el número) le otorga a la compañía este derecho —y deber— de investigar. El análisis no se limita a mirar si los papeles están en orden. Implica cruzar datos, verificar la existencia y titularidad de los bienes, consultar historiales, y a veces, hasta enviar un inspector. Todo este andamiaje, que al asegurado le parece una montaña de burocracia inútil, es el muro de contención de la aseguradora. Cada paso está justificado legalmente como parte de su ‘debida diligencia’. Criticar la demora sin entender su función protectora para la mutualidad de asegurados es como criticar a un cirujano por lavarse las manos antes de operar.
Verdades Incómodas y Resoluciones Previsibles
Llegamos al punto de las revelaciones obvias. Tras semanas o meses de espera, la mayoría de los casos se resuelven de formas absolutamente previsibles. El reclamo legítimo y bien documentado, se paga. El reclamo fraudulento o pobremente justificado, se rechaza. La verdadera zona gris, el terreno de la negociación, es donde el tiempo y la paciencia juegan su partido más interesante.
La gran ironía es que todo este desgaste, toda esta ansiedad, a menudo culmina en un acuerdo que podría haberse alcanzado mucho antes si ambas partes comprendieran sus roles desde el inicio. El asegurado no es un mendigo pidiendo una limosna, sino el titular de un derecho contractual. La aseguradora no es un enemigo, sino una contraparte con intereses y obligaciones que proteger. El proceso de verificación de documentos no es una batalla, sino una compleja negociación reglada. Quien la transita conociendo las reglas no escritas —la importancia de la paciencia, el valor de la prolijidad y la lógica del adversario— no necesariamente gana más rápido, pero sin duda, sufre menos. Y en este ámbito, reducir el sufrimiento ya es, en sí mismo, una pequeña y significativa victoria.












