Holyfield vs Lewis I: Crónica de un Despojo Anunciado

El combate por la unificación de los pesados entre Lennox Lewis y Evander Holyfield en 1999 culminó con un empate considerado uno de los fallos más insólitos.
Un par de zapatos de boxeo, uno visiblemente más grande que el otro, ambos en el centro del ring, con una balanza inclinada hacia el lado del zapato más grande. Representa: Decisión polémica en el combate de boxeo Holyfield vs Lewis II (1999)

El Contexto: Dos Titanes y Tres Coronas en Juego

Hay noches que prometen historia y acaban entregando farsa. El 13 de marzo de 1999 fue una de esas noches. El escenario era inmejorable: el Madison Square Garden de Nueva York, la meca del boxeo, vibrando con la expectativa de coronar al primer campeón indiscutido de peso pesado desde Riddick Bowe. De un lado, Lennox Lewis, el gigante británico, campeón del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), un técnico cerebral con un jab que parecía un pistón de auto de carrera y una derecha demoledora. Del otro, Evander «The Real Deal» Holyfield, el guerrero de Atlanta, portador de los cinturones de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) y la Federación Internacional de Boxeo (FIB), un hombre cuya carrera era un monumento a la resiliencia y al corazón. La pelea se vendió bajo el lema «Indiscutido», un presagio de lo que, irónicamente, no ocurriría.

El ambiente tenía una carga eléctrica. Dos estilos antagónicos, dos personalidades opuestas. Lewis era la fuerza tranquila, el estratega. Holyfield era la fe personificada, el hombre que ya había vuelto de retiros y derrotas para reconquistar la cima. Y, por supuesto, como una sombra omnipresente en los grandes eventos de la época, estaba el promotor Don King, manejando los hilos de Holyfield. La presencia de King siempre añadía una capa de complejidad, una suerte de garantía de que, pasara lo que pasara en el ring, el verdadero espectáculo podía ocurrir en las tarjetas de los jueces. Nadie imaginaba hasta qué punto. La promesa era simple: el ganador se lo llevaba todo. Tres cinturones, un legado y el título de hombre más duro del planeta. Lo que se entregó fue una lección magistral de cómo la realidad puede ser moldeada por voluntades que poco tienen que ver con el mérito deportivo. Una lección que, para los observadores atentos del boxeo, no resultaba del todo nueva, pero sí excepcionalmente descarada.

La Danza de los Golpes (y la Ceguera Selectiva)

Desde el primer campanazo, el combate siguió un guion que parecía escrito por el propio entrenador de Lewis, el legendario Emanuel Steward. Lennox utilizó su ventaja de alcance y estatura con una disciplina admirable. Su jab, largo y punzante, mantuvo a Holyfield a una distancia prudente durante la mayor parte del combate. No era solo un golpe para marcar puntos; era un arma para desestabilizar, para cegar y para preparar el terreno a su poderosa derecha. Holyfield, fiel a su estilo, intentaba acortar la distancia, buscando el cuerpo a cuerpo donde su tenacidad podría imponerse. Sin embargo, se encontró una y otra vez con un muro de cuero que le impedía desarrollar su plan. El británico no solo pegaba, sino que también se movía con una agilidad sorprendente para un hombre de su tamaño, neutralizando los esporádicos embates del norteamericano.

Round tras round, la tónica era la misma. Lewis controlaba el ritmo, conectaba los golpes más claros y contundentes, mientras Holyfield mostraba un coraje inmenso pero una efectividad mínima. Hubo momentos, como en un quinto asalto vibrante, donde Evander pareció encontrar una fisura en la defensa de Lewis y conectó una serie de golpes que levantaron al público de sus asientos. Fue un espejismo. Lewis capeó el temporal sin mayores problemas y retomó el control de inmediato. Las estadísticas de CompuBox, esa herramienta que traduce las percepciones en números fríos e irrefutables, contaron una historia que no admitía dos lecturas. Al final de los 12 asaltos, Lennox Lewis había conectado 348 golpes, de los cuales 187 fueron de poder. Evander Holyfield, por su parte, había aterrizado apenas 130 golpes. La diferencia en los jabs fue aún más abrumadora: 137 para Lewis contra 52 de Holyfield. El británico no solo lanzó más, sino que conectó más del doble. Para cualquiera que entienda mínimamente este deporte, el resultado era una obviedad. Lewis había dado una clase de boxeo. Pero, como se descubriría minutos después, tres personas en ringside tenían una perspectiva… diferente.

Las Puntuaciones de la Vergüenza

El momento de la verdad llegó con la lectura de las tarjetas, y con ella, el descenso al absurdo. El anunciador Michael Buffer tomó el micrófono y el murmullo de la multitud se convirtió en un silencio tenso. La primera tarjeta, del juez sudafricano Stanley Christodoulou, pareció confirmar lo que todos habían visto: 116-113 a favor de Lennox Lewis. Lógico, previsible, justo. Pero la sensación de normalidad duró apenas unos segundos. La segunda tarjeta, del británico Larry O’Connell, arrojó un desconcertante 115-115. Un empate. Incluso el juez compatriota de Lewis no había sido capaz de ver la victoria de su hombre, lo cual ya era una señal de que algo andaba mal. La perplejidad se instaló en el Garden. Y entonces, llegó el golpe de gracia, la tarjeta que transformaría una decisión polémica en un escándalo mayúsculo.

La jueza estadounidense Eugenia Williams puntuó el combate 115-113 a favor de Evander Holyfield. La incredulidad se apoderó del estadio, seguida de un abucheo ensordecedor. El resultado oficial, por tanto, era un empate dividido. Holyfield levantó los brazos con una convicción que rozaba lo cómico, mientras Lewis miraba a su esquina con el rostro descompuesto, una mezcla de rabia y desconcierto. Los comentaristas de la transmisión de HBO, Larry Merchant, Jim Lampley y George Foreman, no daban crédito. Merchant, con su característica acidez, lo calificó como una «tragedia». Los números de la tarjeta de Williams eran un disparate. Había puntuado el quinto asalto, el mejor de Holyfield, con un 10-10, negándole la ventaja en su único momento de claro dominio, para luego darle a cambio otros asaltos donde había sido ampliamente superado. El fallo no era solo un error; era una afrenta a la inteligencia de cualquiera que hubiera presenciado la pelea. El despojo se había consumado a la vista de millones. El boxeo, una vez más, se disparaba en el pie con una pila de energía inagotable.

El Legado de un Empate con Sabor a Derrota

Las secuelas del fallo fueron inmediatas y ruidosas. La prensa deportiva mundial clamó al cielo, usando titulares como «robo» y «vergüenza». Se abrieron investigaciones por parte de los organismos sancionadores y hasta del propio Senado del estado de Nueva York. La jueza Eugenia Williams fue llamada a declarar, donde sus explicaciones sobre cómo vio la pelea no hicieron más que aumentar las sospechas. Afirmó que su visión fue obstruida en ciertos momentos y que un error administrativo la llevó a sumar mal sus puntos, justificaciones que sonaron a excusa barata ante la magnitud del estropicio. El daño a la credibilidad del deporte ya estaba hecho. Para muchos, fue la confirmación de que el boxeo profesional a menudo opera bajo una lógica empresarial donde los resultados deportivos son, en el mejor de los casos, un factor secundario.

Como era de esperar, los organismos ordenaron una revancha inmediata. Ocho meses después, en noviembre de 1999, Lewis y Holyfield volvieron a enfrentarse en Las Vegas. Esta vez, no hubo lugar para la ambigüedad. Lewis volvió a dominar la pelea y los jueces, quizás bajo el escrutinio intenso de la opinión pública, le otorgaron una clara y unánime decisión. La justicia, en cierto modo, fue servida. Lewis se convirtió en el campeón indiscutido que merecía ser desde marzo. Sin embargo, la victoria en la segunda pelea no borró el recuerdo de la primera. Aquel empate en el Madison Square Garden quedó grabado en la memoria colectiva como uno de los fallos más notorios de la historia del boxeo. No fue simplemente un error humano, sino la manifestación de un sistema propenso a este tipo de «accidentes». El legado de esa noche no es la controversia en sí misma, sino la incómoda certeza que dejó flotando en el aire: que en el cuadrilátero de los grandes negocios, a veces gana el que conecta los mejores golpes y, otras veces, simplemente gana el que tiene a los jueces adecuados de su lado. Una verdad tan obvia como deprimente, que define la grandeza y la miseria de este deporte.