Pólizas Combinadas: El Laberinto de las Coberturas Múltiples

El espejismo de la simplicidad
Uno se acerca a una póliza multirriesgo con la mejor de las intenciones. La promesa es seductora: un solo contrato, un pago mensual y la tranquilidad de que el hogar, el auto y hasta la responsabilidad por si el perro decide morder al cartero, todo está bajo control. Es un producto brillante, un monumento a la eficiencia administrativa. Al menos, en el folleto. La realidad, como suele ocurrir, es una disciplina bastante más árida que el marketing.
La primera verdad incómoda es que una póliza combinada no es una gran red de seguridad mágica. Es, en esencia, una carpeta que contiene varios contratos de seguro distintos, cada uno con su propia lógica, sus propias reglas y, para deleite de los abogados, su propio universo de exclusiones. El hecho de que pagues todo junto no significa que las coberturas se fusionen en una entidad benévola. Significa, simplemente, que la facturación está centralizada.
Aquí entra en juego un principio legal tan antiguo como fundamental: la especialidad. El contrato de seguro es un acuerdo de voluntades sobre riesgos específicamente detallados. Cubre exactamente lo que dice que cubre, ni un milímetro más. Todo lo que no está explícitamente incluido, se presume, con una contundencia admirable, excluido. Pensar que por tener una póliza de “Hogar Total” el daño por una filtración del vecino está cubierto por defecto es un acto de fe. Hay que buscar el anexo, la cláusula y el sub-inciso que lo confirmen. Si no está, no existe.
La letra chica: ese bestseller ignorado
El contrato de seguro, ese documento que la gente firma con la misma atención que le dedica a los términos y condiciones de una aplicación móvil, es la única fuente de verdad. Es una pieza literaria fascinante, donde cada palabra está calibrada con precisión quirúrgica. Tomemos, por ejemplo, las definiciones. La diferencia entre “robo” y “hurto” puede parecer un capricho académico, pero para una aseguradora, es la diferencia entre pagar por tu notebook o enviarte una carta de pésame.
Si la póliza cubre “robo” y define el término como la sustracción con fuerza en las cosas o violencia en las personas, y a vos te sacaron la computadora del auto porque dejaste la puerta sin llave, lo que sufriste fue un “hurto”. Y el hurto, convenientemente, puede no estar en la lista de eventos cubiertos. No es mala fe; es, sencillamente, el cumplimiento estricto de un pacto que vos mismo firmaste. La sorpresa del asegurado ante esta revelación es una constante en mi profesión. Una sorpresa tan predecible que ya casi no tiene gracia.
Navegando el siniestro: un manual de supervivencia
Cuando el desastre ocurre y llega el momento de la verdad, se invierten los roles. El asegurado, que hasta entonces era un cliente, se convierte en un reclamante. Un potencial adversario. Su principal deber, además de notificar el siniestro en tiempo y forma, es la carga de la prueba. Debe demostrar no solo que el daño existió, sino que la causa del daño encaja perfectamente en una de las coberturas contratadas.
Para el reclamante, el consejo es simple: documentar. Todo. Desde el primer momento. Fotos, videos, facturas, presupuestos de reparación, denuncias policiales. Hay que construir un caso sólido, previendo que cada detalle será escrutado. Hay que leer la póliza, ahora sí con atención, y citar las cláusulas que amparan el reclamo. Presentar un reclamo bien fundamentado no garantiza el éxito, pero presentar uno vago y emocional es una invitación al rechazo.
Para la aseguradora, la estrategia es la misma pero a la inversa. La documentación y la precisión son sus mejores armas. Un rechazo debe ser una obra de arte de la lógica contractual. Debe explicar, con lujo de detalles y citando la póliza, por qué el siniestro no está cubierto. Una negativa genérica, un “no corresponde el pago”, es jurídicamente débil y abre la puerta a un litigio que podría haberse evitado. La claridad, aunque parezca mentira, protege a ambas partes.
La revelación final: el contrato es rey
Al final del día, toda la discusión se reduce a una sola cosa: el texto del contrato. Los jueces no están para hacer justicia poética ni para reescribir acuerdos privados que consideran “injustos”. Su función es interpretar la voluntad de las partes tal como fue plasmada en ese documento. Si las cláusulas son claras y no son manifiestamente abusivas o contrarias al orden público, el juez las aplicará. Fin de la historia.
El problema fundamental de las pólizas multirriesgo no es su existencia, sino la asimetría de información sobre la que se construye su comercialización. Se venden como soluciones sencillas a problemas complejos, omitiendo el pequeño detalle de que su correcta utilización requiere un nivel de atención y conocimiento que el consumidor promedio no posee ni se le incentiva a poseer. Es un sistema que funciona a la perfección, basado en la cómoda presunción de que nadie tiene el tiempo o la pila para leer. La responsabilidad, en última instancia, recae sobre quien estampa su firma. Y esa es, quizás, la cláusula más incómoda de todas, una que no figura en ninguna póliza pero que rige sobre todas ellas.












